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Publica Tu Cuento: Tras el asesino

Nombre*:JimmyShibaru
Web Site (Opcional):
Género*:Policiaco
Título*:Tras el asesino
Cuento*:
Las manos le temblaban mientras agarraba la taza del café. Dio un sorbo y la dejo en el mármol. Un fuerte dolor apretaba su pecho a la vez que su respiración se aceleraba. Se agarró la camiseta, ya que la piel pedía transpiración. Una llamada interrumpió, respiró hondo y deslizó el botón verde.
—Arnaut, ¿estás muy ocupado?—Le solto sin titubear Damian.
—¿Qué pasa?—Dijo con cierto temblor en la voz.
—Vente a la calle Carmona número 19, justo casi llegando a la esquina.
Salió a toda prisa con el coche,ni se lo penso, no había mucho tráfico. Al llegar a la calle aparcó en una esquina y en la otra le esperaba Damian. Algunos de sus compañeros estaban también. Se dirigió hacia ellos con calma y serenidad.
Un olor a podrido lo inundaba todo, hasta los compañeros llevaban una mascarilla puesta, el todavia no se la habia puesto. Tras unos saludos formales entablaron conversación Arnaut y Damian.
—Me alegro de volver a verte.—Le dio unas palmadas en su hombro y bajó la mano.
—Claro, soy el único que os garantiza resolver casos.
—Bueno, ven, acércate al cuerpo.
Los dos se pusieron cada uno la mascarilla blanca y dieron unos pasos hacia adelante. El olor era repugnante. Ni siquiera las mascarillas podían evitar que pudieran sentir la fétida fragancia a muerte. Después de observar el cuerpo que se hallaba en el suelo con un charco de sangre ya casi seca y de un color rojizo oscuro. Se palpó la barbilla.
—Tiene una camiseta de manga corta de color azul claro con estampado de flores blancas. Pantalón marrón y apretado de la cintura. Bambas típicas para pasear por la montaña de color blancas y varias líneas rojas y una verde.
—Si, de eso, ya nos habíamos dado cuenta Sherlock Holmes.
—Está en estado de putrefacción, aun se le ven algunas venas de color azul muy oscuro, el cuerpo carnoso ha disminuido de tamaño, está casi esquelético. En la parte de la nuca hay mucha concentración de sangre de color amoratado. Debieron de darle un buen golpe en esa zona.
—¿alguna cosa más?
—No veo nada que destacar aparte de lo ya dicho.
Arnaut y seguidamente su compañero se apartaron del cadáver.
—¿Tenemos algún sospechoso?—Preguntó mirando a su compañero.
—No hay sospechosos.
—Nos lo está poniendo difícil este cabrón.—Dijo entre gruñidos.
—La verdad es que se la da bien no dejar pistas, por cierto, la víctima es un hombre de unos treinta años, lo hemos identificado.
—Es un ricachón, ¿verdad?
—Eso que más da.
—Las otras dos víctimas eran personas de poder adquisitivo también.
—Si, eso es cierto.
Arnaut miró a su alrededor, inspeccionando la zona. Unos periodistas llegaron y al verlos aumentaron el paso hasta ellos.
—No se puede pasar.—Dijo Arnaut con voz seria.
—Solo son dos preguntas sobre este asesinato.
—No sabemos mucho de momento, apártense.
—¿Este último asesinato tiene relación con los dos anteriores?—Acercó el micro a la boca de Arnaut.
Este lo miraba con cara de desagrado, sin decir nada.
—¿El asesino es un justiciero que mata a gente rica?—Enseguida otro periodista que le puso el micro casi en la boca.
—La madre que os parió.
Damián le cogió del hombro y lo apartó de todos esos periodistas. Arnaut se enfurecía por momentos enrojeciendo su cara, maldiciendo a dios en voz baja.
—Es parte de nuestro trabajo y lo sabes.—Quiso calmar a su compañero con un tono casi risueño.
—Los odio, ya podría el asesino matar periodistas de estos.
Damián se echó a reír bastante en alto. Los compañeros intentaban de mientras ahuyentar a esa masa de curiosos que se había generado alrededor, junto a los periodistas. Arnaut sacó las llaves y abrió su coche. Su compañero se metió con él dentro. Damián de copiloto. Fueron patrullando la zona hasta llegar en frente de una mansión. Aparcaron y se bajaron del coche.
—Esta es la casa de la familia del asesinado.—Dijo Arnaut mientras miraba la gran puerta negra de la mansión que era blanca.
—Si, ¿se avecina interrogatorio?
—Se avecina. Vamos a hacerles unas preguntas a ver si conseguimos aclarar de una maldita vez algo.
—¿Algo como qué?
—debe haber algún motivo por lo que el asesino mata a hombres ricos.
Arnaut apretó el timbre con cierta insistencia. Al cabo de unos segundos la puerta se abrió y apareció el mayordomo.
—¿Qué quieren señores?
—Somos de la policía y estamos investigando el asesinato de, bueno, ¿cómo se llamaba?
—Carlos Fernández.—Profieró rápidamente Damian.
Entraron y el mayordomo se dirigió a una sala que había más adelante. Los pensamientos volvieron a la carga y con fuerza. Un silencio casi abrumador despertaba el nerviosismo de Arnaut. El pie derecho se levantaba y caía al suelo con seguridad. Damian que se percató, fue a cogerle del hombro, pero apareció la mujer del asesinado y su hija de quince años.
—Buenos días, pasen al salón y charlemos agentes.
—Por supuesto.—Murmuró en voz bajita Arnaut.
Una vez en el salón se sentaron unos en frente del otro, un sofá blanco es donde estaban ellas. Un sofá color rojo intenso y muy cómodo, es donde se hallaban ellos. Les separaba una mesa de cristal redonda con un florero lleno de Anémonas. El mayordomo se dio cuenta de que la visión no era óptima entre ellos y agarró el florero y se lo llevó.
—Bien, ya podemos hablar tranquilamente.—Dijo la madre.
—Necesito saber vuestros nombres primero, por favor.
—Claro, yo soy Elvira y esta es mi hija Alba.
La joven miraba constantemente al suelo y de vez en cuando miraba a los policías.
—Dígame, ¿Cómo era su marido?
—Era perfecto señor agente, cariñoso, agradable con los demás, muy ambicioso en su trabajo y le gustaba caminar por el campo y luego volver relajado.—Las últimas palabras sonaron temblorosas.
—Ya veo. ¿Y no tenía enemigos?
—No, era muy agradable con los demás, ¿por qué iba a tenerlos?
—Solo preguntaba, señora.
La mirada de Alba se quedó fija en los policías unos segundos.
Los policías finalizaron las preguntas y fueron hacia el coche. Arnaut sacó un paquete de tabaco, se encendió un cigarro.
—¿Has vuelto al tabaco?
—Demasiado estrés, chaval.
—Los vascos sois muy duros, pero ni dejar el tabaco podéis.
—Oye, ¿Me meto yo con los negros?
—Vale, perdona, no quería ofenderte.
Pensamientos pesimistas abordaron a Arnaut. Su mirada fija hacia el horizonte. La mano que sujetaba el cigarrillo temblaba de vez en cuando. Los ojos se tornaron tan húmedos que podías bañarte en ellos. La cara formando una extraña mueca que poco a poco se iba desencajando. El sentimiento llegó a Damian que lo observaba.
—¿Qué te pasa compañero?—Preguntó con preocupación Damian.
—Nada.—Su respuesta sonó muy seca y prosiguió.—Es que este trabajo cada vez lo soporto menos, he recaído en el tabaco y todo. Lo único que quiero es atrapar al asesino y meterlo en la cárcel, después, seguramente me busque otro trabajo más relajado.
—Me parece bien, en fin, tenemos que concentrarnos en el caso.
—Si, cierto.
—Tú no te desanimes, eres bueno en esto, confió en que al menos este caso lo podrás resolver y así cambiar de aires con la conciencia tranquila.
Entraron al coche, Arnaut tiro la colilla al suelo antes. Primero fueron a casa de Damian y allí se despidieron, luego Arnaut se dirigió hacia su casa. Ya metido en la cocina sin saber que cenar, los pensamientos se le aceleraron. Se preparó un café con hielo, mirando el reloj colgado en la pared, las siete de la tarde apuntaban las agujas. Un leve dolor de cabeza le apretaba la sien. Se fumó un cigarro como si no hubiera un mañana. Se relajó bastante y el dolor se fue poco a poco.
Esa misma noche un hombre en un callejón se palpaba los genitales mientras sostenía una revista para adultos. La respiración se aceleraba por momentos, jadeos y tragar saliva. Sacó la lengua y se la paso por los labios, luego un gruñido salió de su garganta. Un coche de la policía paso justo en ese momento, parándose unos metros más adelante. Subió rápidamente los pantalones, al mismo tiempo lanzo la revista al contenedor. Dos policías entraron al callejón, el hombre se dio la vuelta, entonces un clac y otro clac sonaron con eco en todo el callejón. Los policías apuntaban con sus respectivas pistolas al hombre que se paró en seco.
El hombre levantó los brazos mientras los policías se acercaban de forma lenta. Uno de ellos miró al contenedor y vio la revista para adultos. La cogió con la mano derecha. El hombre aprovechó para sacar de debajo de su camiseta una especie de palanca que era toda de metal. Los dos policías enseguida dispararon ráfagas en segundos. El hombre cayó al suelo. Unos días después, la policía científica comunico a Arnaut que el ADN coincidía con el que se encontraba en las víctimas asesinadas.
Por un momento respiró tranquilo, por otro lado, sentía que la muerte no era la solución para acabar con los asesinos. Al menos (se decía así mismo) este ya no mata más. Al cabo de unas semanas se jubiló por fin y sus compañeros le aplaudían mientras se iba recogiendo sus pertenencias de la comisaria.

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