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Publica Tu Cuento: El cenicero

Nombre*:Héctor Hernán
Web Site (Opcional):www.hectorhernan.com
Género*:Drama
Título*:El cenicero
Cuento*:Ella se acercó a la mesa mientras se secaba las manos en el delantal e hizo ademán de coger el cenicero. Esperó el tiempo suficiente para saber que Eugenio había advertido de su presencia. Su silencio, sin apartar la mirada de la televisión y sentado en su silla, fue la respuesta para saber que lo podía retirar.

Lo llevó a la cocina y lo golpeó con fuerza contra el interior del cubo de basura hasta que se desprendió de las colillas y gran parte de la ceniza. Lo llevó al fregadero y, según lo aclaraba bajo el grifo, el agua alquitranada fue recorriendo las grietas de sus manos. Cuando quedó limpio, volvió a frotar los pliegues ondulados de alrededor con más jabón y lo aclaró.

Mientras lo secaba con uno de los paños blancos con rayas de colores —tenía más de una decena iguales bien planchados en el segundo cajón—, se fijó en la superficie metálica y en los arañazos que el estropajo había ido haciendo con el tiempo. Vio su reflejo en él, aunque la imagen quedaba desfigurada.

Lo devolvió a la mesa del comedor. Eugenio lo colocó apenas un centímetro más cerca y encendió otro cigarrillo. Ella se sentó en el extremo del sofá, sin apoyar la espalda, con las piernas juntas inclinadas hacia un lado y con las manos sobre el regazo. Había una película de vaqueros. Entre disparos y el trote de los caballos, su cabeza se fue meciendo y, cuando los párpados le empezaban a pesar, los abría con un sobresalto casi imperceptible y recomponía la postura.

En algún momento, Eugenio se incorporó y se fue al dormitorio. Al poco tiempo, se escuchó el ruido de la cisterna y algunos reflejos de luz en el pasillo se desvanecieron.

Ella se levantó y cogió el cenicero. Repitió el proceso de limpieza de siempre en la cocina y volvió a la mesa del comedor. Antes de dejarlo, volvió a mirarse en el reflejo y se quedó observando sus ojos.

Lo apoyó en otro sitio distinto al habitual, cerca de ella y al lado del paquete de tabaco, que estaba entreabierto. Se puso un cigarrillo entre los dedos y estiró la mano para lucirlo como un anillo de compromiso. Lo encendió y, después de darle una calada, se quedó mirando su mano mientras soltaba el humo muy despacio. Sujetó el cigarrillo con el pulgar y el índice por unos instantes, erguido y vigoroso, justo antes de aplastarlo contra el cenicero varias veces y dirigirse al dormitorio.
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