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Publica Tu Cuento: LA MALDAD DESGARRADA

Nombre*:CARLOS ALBERTO
Web Site (Opcional):
Género*:Suspenso
Título*:LA MALDAD DESGARRADA
Cuento*:
La captura del líder de un importante Cártel del noreste del país, que asolaba a la ciudad de Monterrey, provocó la ira del grupo delincuencial, que realizó una operación sin precedentes, movilizando una horda de pandilleros encapuchados de diferentes colonias del área metropolitana para bloquear las avenidas más importantes, paralizando todo el tránsito, dejando a la ciudad incomunicada.
Los tapados entraban a los camiones urbanos para secuestrarlos a punta de pistola, y después de bajar a los pasajeros disparando al aire, movían las unidades para colocarlas atravesadas en las avenidas, para luego incendiarlas.
La avenida Constitución fue invadida. Los automovilistas aterrados clamaban por auxilio: "¡Dónde está la policía, el Ejército! ¡No hay nadie para defendernos!"
Las llamas reflejaban la maldad, el fruto de la corrupción. Una corrupción que no se pensaba que se manifestaría en caos y en furia.
El olor del fierro quemado desorientaba a los conductores, que intentaban escapar cruzando los camellones, pero rápido eran interceptados por los jóvenes enardecidos que golpeaban las carrocerías vociferando improperios y maldiciendo a los dueños. Los sacaban de sus coches, los tiraban al suelo y los golpeaban salvajemente; los arrastraban de las greñas mientras los pateaban, escupían y apaleaban. No eran dirigidos ya por sus lideres sino por demonios.
Mujeres postradas de rodillas abrazábanse en llanto, devastadas clamaban al Creador por misericordia. Los vidrios de los autos estallaban. Un concierto de golpes secos y cráneos azotados en el piso permanecía en todo hombre. El bullicio de los desdichados ciudadanos esparcíase por cualquier lugar de la avenida, pero el arengo de los malditos imperaba en la escena, gritando: ¡Que no se les pelen! ¡Que no se les pelen!
El estruendo de las fuscas disparadas paralizó a los inocentes. Los encapuchados realizaron una valla semicircular alrededor de ellos, dejándoles la osada opción de arrojarse por la escabrosa ribera del río Santa Catarina.
A lo lejos se oían sirenas. Comenzaban a surgir suspiros de alivio de los afligidos rehenes, pero se convertirían rápidamente en gestos de desasosiego al ver a la vallada de encapuchados inmóvil y confiada.
Las luces parpadeantes de las torretas de las patrullas iluminaban la avenida Constitución, aquella avenida histórica, que alguna vez circuló el Papa Juan Pablo Segundo en el Papamóvil mientras saludaba divinamente a todo el pueblo que se agolpaba para verlo lo más cerca posible, para finalmente dar su sermón ante 2 millones de personas que aguardaban por medio día en el lecho del río Santa Catarina.
De entre decenas de patrullas se distingue una figura de un policía, que era ensombrecida por la luz caótica del fuego y de las torretas, que avanzaba hacia la vallada.

- ¡Detente ahí, "Chanquilón"! – gritó un encapuchado que se encontraba en el fondo del semicírculo vil. - ¡Te sacaremos de donde sea, "Joelín", que ni el chamuco podrá resistir! ¡porque la banda es tan juerte, que, hasta la muerte correrá frente a ti! ¡Jajajay! Cantaba repetidamente el valeroso criminal mientras bailaba zapateando a ritmo norteño dirigiéndose al encuentro con el oficial.

A la distancia, los civiles inertes veían la conversación. El Chanquilón señalaba al cielo como si algo fuera a venir.
Una bulla de hierbas provocó el disparo de un delincuente.

- ¡Se pela uno, jefe! ¡se aventó al río, el cabrón! Gritaba sorprendido el maleante.
- ¡Mata al cabrón ese! Respondía enardecido El jefe, mientras se acercaba a la ribera del río para mirar la hazaña.

El maleante disparaba desconcertado a la bulla de matorrales y carrizos, que se zarandeaban ante una figura humana que rodaba hasta llegar a las aguas del río. Cruzaba manoteando las aguas agónicamente herido por las balas.
El cielo se estremeció ante el revoloteo de las hélices de los helicópteros de la Marina.

- ¡Te dije que iban a venir pronto! Decía el Chanquilón colocándose las manos a la cintura.

El Intérprete delincuente dirigióse a paso rápido hacia él, mientras le gritaba a su pandilla: ¡No se me rajen, cabrones! ¡Llegó la hora!

- ¡Suelta al Joelín o se le los lleva a todos la chingada! Le gritó en la cara al Chanquilón, y al instante todos los encapuchados cortaron cartucho…

Cómo olvidar aquello…

Cuando todos los que estábamos cautivos escuchamos el corte de los cartuchos de las pistolas y fusiles, nuestros corazones evocaron en nuestras mentes las últimas frases hacia nuestros seres más amados. Los llantos de agonía se desataron al ver sus armas apuntándonos.
Sigo despertando en sudor cuando veo y oigo el cuerpo del encapuchado partirse a la mitad por su cintura por el peso de aquella bestia, y que desató la tragedia.
En segundos fue todo envuelto por una nube de gas lacrimógeno.
Desesperado y asfixiado, gateaba palpando coches, zapatos, cualquier tipo de ropa, bolsos, celulares, cuerpos ensangrentados y desmembrados, fusiles, casquillos, llaves y otras cosas que no puedo todavía identificar.
Sentí a alguien que cayó sobre mi gritando desgarradoramente. Sus uñas se enterraban en mis costillas. Oía el crujir de huesos partiéndose y un líquido que mojaba mi abdomen que estaba pegado al pavimento.
Mi garganta ya no podía toser más, y ante un inminente ataque de asma, dejé ir mi esperanza y me quedé sin fuerzas. Simplemente me quedé inmóvil esperando la muerte.
De pronto oí una puerta de un coche abrirse y unos pasos que tropezaban continuamente alejándose del lugar.
Mi instinto de supervivencia hizo que palpara la puerta y me metiera rápido al coche, cerrando con fuerza la puerta.
El ronquido infernal de aquella bestia silenció toda la gritería. Mi cuerpo palpitaba y sudaba ante los latidos exorbitantes del corazón.

Un jadeo gorgórico se escuchaba alrededor del coche.

Una luz potente iluminó el auto cegándome por completo. Al instante el vidrio de la puerta estalló, y un estrepitoso rugido irrumpió en mi rostro. Mis manos reaccionaron defensivamente palpando una masa de carne con dientes afilados. El coche se estremeció ante una ráfaga de proyectiles de alto calibre que destrozaban la carrocería…

Desperté abruptamente. Un soldado me empujó con sus brazos estrellándome contra el suelo, mientras grita: ¡permanezca quieto! ¡permanezca quieto!

Mis sentidos se activaron, y cerré los ojos al no aguantar el ruido ensordecedor del revoloteo de hélices mecánicas. Pronto me di cuenta de que estaba en un helicóptero de la Marina.
Al agudizar mi razonamiento traté de visualizar lo que había a mi alrededor, pero un dolor insoportable me hizo tratar de mirar mi cuerpo, pero una soldado que estaba arriba de mi cabeza colocó sus manos sobre mi cara, inmovilizándola con fuerza.

- No mire su cuerpo. No mire su cuerpo - Decía pacíficamente dibujando una sonrisa esperanzadora- Todo va a estar bien.

Mis fuerzas se fueron acabando de angustia. Mojaba aquellas manos suaves con mis lágrimas. Mi cabeza comenzó a convulsionar de llanto.
Mi vista se fue poco a poco desvaneciendo. El soldado ladeo mi cabeza, y, antes de desfallecer, mi vista captó la última escena: aquel famoso circo americano con las jaulas de las bestias con sus puertas abiertas.

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